Hermandad de la Lanzada · Foto: Cedida por la Hermandad
La Sagrada Lanzada
Instrumentó la Quinta Angustia de su padre y la Amarguras de su hijo. Dirigió la Banda Municipal de Sevilla durante treinta y siete años. Y compuso solo tres marchas propias en toda su vida. Esta es la más grande de las tres.
- Compositor
-
Manuel Font Fernández de la Herranz
- Año
- 1928
- Dedicada a
- Hermandad de la Sagrada Lanzada
- Hermandad
- Hermandad de la Lanzada (Sevilla)
Con esta ficha el fichero reúne las tres generaciones de los Font: José Font Marimont, con Quinta Angustia de 1895; su hijo Manuel Font Fernández de la Herranz, con La Sagrada Lanzada; y su nieto Manuel Font de Anta, con Amarguras de 1919.
Manuel Font Fernández de la Herranz ocupa el centro de la saga musical más importante de la Semana Santa sevillana. Es hijo de José Font Marimont, autor de Quinta Angustia, y padre de Manuel y José Font de Anta, autores de Amarguras. Y sin embargo su nombre suele quedar tapado por los otros dos.
Treinta y siete años al frente
Font Fernández enseñaba música a los huérfanos del Hospicio de San Fernando, en la plaza de San Leandro, y con ellos formó una agrupación que el Ayuntamiento de Sevilla municipalizó en 1910. De ahí nació la Banda Municipal tal y como se conoce hoy, y él la dirigió durante treinta y siete años.
Su labor mayor fue la instrumentación. Suya es la de Quinta Angustia, de su padre, y la de Amarguras, de su hijo. También instrumentó para banda la Virgen del Valle de Gómez-Zarzuela y el aria de la ópera Jone, una de las piezas más fúnebres que siguen sonando en Semana Santa.
Tres marchas y ninguna más
Como compositor de marchas procesionales su legado se reduce a tres títulos: A la memoria de mi padre, de 1899, La Sagrada Lanzada, de 1928, y Expiración, de 1941.
La Sagrada Lanzada es la que ha quedado en el repertorio. Está escrita como marcha fúnebre y dura poco más de cuatro minutos y medio.
Un poema, según la prensa de entonces
El diario El Liberal del 31 de marzo de 1928 se hizo eco de la composición y la describió no como una marcha, sino como un poema musical, desgranando lo que iba contando cada pasaje: un murmullo suave y melancólico al principio, evocando el lamento del pueblo de Israel ante la tragedia del Gólgota, y después, entre el clamor de las trompetas romanas, las palabras de la Virgen a su hijo en una frase vibrante.
Conviene recordar que cuando se escribió, el Crucificado del paso de misterio no era el actual. La talla que hoy se ve es de Illanes y llegó al año siguiente.