Se estrena mucho y se escucha poco
Se estrenan más marchas que nunca y casi todas son alegres, porque son las que funcionan en redes. Mientras tanto, hermandades que guardan obras de primer orden no las tocan. Una reflexión sobre el ruido, el criterio y la falta de escucha.
Sigue a Dámaso Álvarez-Beigbeder García@damasobeigbeder
Si hiciéramos un diagnóstico de la música procesional de la actualidad nos toparíamos con la siguiente obviedad: se estrenan muchas marchas. Entre ese elevado número de novedosas composiciones destacan, sin ninguna duda, las marchas alegres, que son las que tienen gran probabilidad de tener el mayor de los éxitos en cuanto a números y estadísticas en las redes sociales. No se sorprendan: sería mentira si dijese que los compositores no ansían tener esta reacción en el público, más allá de la felicitación por parte de la hermandad.
Mire, la música fúnebre en la actualidad posee muchísima menos influencia y popularidad en cuanto a estrenos, tanto es así que se cuentan con los dedos de las manos. No diré que lo fúnebre es necesariamente bueno y lo alegre malo, porque no es así, pero la moda de estrenar mucho no beneficia a ningún tipo de marcha.
Todo esto ocurre según varios factores. La música, aparte de maltratada por una injusticia que mencionaré posteriormente, atraviesa un momento de gran inconsciencia en el mundo cofrade. Parece que todo vale, aunque, antes que llamar a alguien inculto, le aconsejaría que conociese y buscase lo mejor que tenga o pueda tener, porque, posiblemente, lo tenga a tiro de piedra, lo tenga en sus propios polvorientos cajones.
El repertorio no lo elige la banda
Ahora, existe el caso de hermandades que poseen obras de altísimo valor, pero de altísimo, como para no tocar nada más que estas piezas, compuestas por grandes genios de la música y que, por capricho de relaciones y mandatos, no solo no suenan, sino que hacen por estrenar más y más composiciones que, en su gran mayoría, no tienen calidad alguna más que para un momento. Todo esto hace que se dé de comer a una bola que, antes o después, hará que su sombra tape por completo lo verdaderamente excepcional, bueno y de calidad.
Esto es un problema. Aquí poco puede hacer un director de banda, ya que la música suena porque la hermandad contrata este servicio, independientemente del gusto y del trato hacia la música de los que se encargan. Por esto, muchas bandas tienen repertorios tan descompensados, y casi destrozados, porque, al final, quien manda es la hermandad en la mayoría de los casos. El momento, en la actualidad, de la música procesional lo resumiría en que se prefiere abrir la puerta de la más pura subjetividad antes que la del buen criterio y el gusto.
La falta de escucha
Después de todo, creo y considero que uno de los problemas que tiene el mundo de la música procesional es la falta de escucha, que viene ligada y condicionada por la falta de interés por conocer obras que no te son familiares y que no has escuchado nunca, en este caso, las marchas procesionales. Para muchos desconocidas, para otros más que conocidas. Posiblemente conozcas a alguien que te diga que «Virgen del Valle» es la mejor composición que se ha escrito jamás, y después habrá quien no la conozca. Al final, como el arte en general, tratará del gusto de cada persona: hay gente a la que le gusta lo simple y otros que se decantan por lo complejo, pero para elegir y preferir, antes habrá que conocer.
Decía el compositor David Hurtado que la música, considerada como arte, posee una gran desventaja respecto a las demás expresiones creativas artísticas como la escultura o la pintura, por ejemplo. Al final, más que cualquier otro sentido, la vista es fundamental para comprender qué pretende transmitir la obra, qué pretende enseñar o qué mensaje desea comunicar. Sin embargo, la música posee la grandiosa, sí, grandiosa cualidad de no tener que verse: únicamente lo que la mente recrea a través de las melodías y los sones. Asimismo, las melodías no son tangibles, estas no se pueden tocar, ya que dependen exclusivamente del oído. Si el oído funciona correctamente, la música es de los mejores regalos posibles para este sentido. Al final dependerá del receptor interpretar lo que haya captado tras escuchar una obra.
Considero que si este no fuera el caso y si, finalmente, la música se pudiera observar y tocar con el dedo, se apreciaría notable y enormemente más. Las hermandades y el público comenzarían a cuidarla de la misma forma en la que preservan el tejido, la escultura o la pintura de la propia cofradía.
Además ocurre un hecho muy curioso. Considero que es difícil aprender y comenzar a valorar la música, pero simplemente escuchando y escuchando, más lo desconocido que lo que conoces, podrás quererla más hasta conocer su mensaje y su verdad. La música seguirá su transcurso vital; solo trate de cuidarla como se merece.
Fotografía: Pablo Lastrucci
Dámaso Álvarez-Beigbeder García es Sevillano, 17 años. Bisnieto del compositor Germán Álvarez-Beigbeder.. Las opiniones expresadas en esta columna son suyas y no representan la línea de Compás Cofrade.