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Todo lo que suena en la Semana Santa
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«La batuta no suena sola»

Fundó con dieciocho años la Joven Orquesta Filarmónica Campos Andaluces, ganó en Viena con un repertorio de autores españoles y estuvo a punto de dejarlo todo en 2022. Primera parte de la entrevista a Pedro Gálvez, director, trompista y compositor jerezano.

Por Guillermo Pérez · 27 de octubre de 2026 · Jerez de la Frontera · 17 min de lectura

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Pedro Gálvez en uno de sus conciertos
Pedro Gálvez en uno de sus conciertos Foto: Cedida por el entrevistado

G.P.Tienes veinticinco años, diriges una orquesta de setenta músicos, escribes marchas y presides la asociación que lo sostiene todo. Si te para alguien por la calle en Jerez y te pregunta a qué te dedicas, ¿qué le contestas?

P.G.Le diría que soy músico, a secas, que es como me suelo definir. Si tuviera que ceñirme a una sola etiqueta, probablemente estaría mintiendo. A mí me gusta la música, todo de ella y todo cuanto ofrece. Es por eso que, contradictoriamente, nunca acabo de sentirme músico del todo. La música es un océano tan inmenso que es imposible abarcarlo por completo: siempre hay mucho que aprender. Se atribuye al compositor ruso Rajmáninov la célebre frase «La música es suficiente para toda una vida, pero toda una vida no es suficiente para la música». Y creo que hay pocas frases más certeras que esta.

Todo lo que hago —dirigir, componer, enseñar, organizar, tocar o cantar— forma parte de un único núcleo común: ser músico. Mi gran vocación, además de la música, es la enseñanza. Tengo la suerte de poder trabajar de lo que me gusta, como profesor de orquesta y banda en conservatorios, aunque por ahora soy interino. El año pasado estuve un tiempo dando clases en Córdoba, una ciudad maravillosa, y creo que aprendí más yo de mis alumnos que mis alumnos de mí. Allí me sentí querido y descubrí lo bonito que es ser docente y compartir lo que sabes con tus alumnos, ayudarles a crecer y a ser mejores músicos y personas. Quizá esa parte docente también la reflejo en buena medida con mi orquesta, la JOFCA. Decía Sergiu Celibidache, célebre director de orquesta rumano: «Enseñar es la actividad más noble del ser humano».

G.P.La trompa. ¿Por qué la trompa y no otra cosa, y quién te metió en esto?

P.G.Lo cierto es que desde pequeño tuve en casa un ambiente muy musical que casi me lo puso en bandeja. En la familia de mi madre ya había músicos, no de oficio pero sí de vocación: mi abuelo materno tocaba el acordeón y varios de mis tíos, la guitarra, con mucha predilección por el flamenco, como no podía ser de otra manera en Jerez. De ahí que entre mis primos haya pianistas, oboístas y violinistas. Y en mi casa somos tres hermanos músicos, y yo soy el menor: el mayor es saxofonista y musicólogo; el segundo empezó con el piano y acabó siendo trombonista. Por alguna razón, en la que imagino que el mundo de las bandas de música tiene mucho que ver, en casa hubo mucha predilección por los instrumentos de viento. Y así llegué yo, y me decanté por la trompa, un gran desconocido, pero indispensable en orquestas y bandas. Siempre me llamó la atención por ser un instrumento muy versátil, entre dos aguas: no es ni tan metal como el metal ni tan madera como la madera. De sonido elegante, redondo, lleno; capaz tanto de una honda expresión como de la épica más poderosa. Por ahí fueron mis primeros pasos, con siete añitos.

G.P.Te graduaste en dirección de orquesta en Granada. ¿Qué se aprende ahí que no se aprende tocando en un atril?

P.G.Bueno, yo siempre digo que a cocinar se aprende cocinando y a pilotar aviones se aprende, supongo, pilotando. Con la dirección pasa igual: la propia experiencia de ponerse frente a una formación es lo que más puede nutrir a un director de orquesta, muchas veces por el simple y milenario método de prueba y error. Pero no es solo eso: para subirse al podio primero hay que tener una sólida base de casi todo lo que respecta a la música. Desde asuntos más bien teóricos, como el estilo en que se enmarca la obra, el contexto histórico y biográfico del autor o sus motivaciones, hasta aspectos más técnicos, como el tempo correcto, la forma, la instrumentación, la armonía, los aspectos dinámicos, expresivos y un largo etcétera. Y eso es solo el trabajo previo al primer ensayo. Cuando uno ya se planta frente a la orquesta, debe conocer muy bien cómo funciona cada familia de instrumentos, para saber cómo interactúan entre ellas, qué pedirles y cómo pedírselo para acercar la interpretación a lo que el autor quiso transmitir. Y por supuesto, todo dependerá también del sitio donde se toque. Así que a la lista de antes hay que sumar conocimientos de organología e incluso de psicología del ensayo. Hay que saber trabajar la música, aprovechar cada minuto, ser dinámico para captar la atención de tus músicos, convencerlos a base de conocimiento de que tu propuesta es correcta, etcétera. Como comprenderás, el oficio tiene más miga de lo que a priori parece, y no es solo mover los brazos en el aire como el que espanta moscas. Todo esto requiere una gran formación que solo se consigue estudiando, no hay otra. Y aun así, como decía antes, siempre hay demasiado que aprender. El maestro Carlo Maria Giulini, histórico director de orquesta, dijo una vez: «Ahora que llego a los ochenta años, es cuando estoy empezando a entender la dirección de orquesta».

G.P.¿Te acuerdas de la primera vez que te pusiste delante de una orquesta con la batuta? ¿Qué tal fue?

P.G.Sí, como para olvidarme. Fue ante mis compañeros, cuando yo formaba parte de la extinta Orquesta-Escuela de Jerez «Álvarez Beigbeder», dirigida entonces por José Ramón Hernández, que fue quien puso la batuta en mis manos por primera vez. Además, está grabado y subido a YouTube, y por alguna razón ese vídeo tiene decenas de miles de visitas. Fue en el Teatro Villamarta, en un concierto didáctico para los colegios de Jerez que presentaba el tenor Joan Cabero i Pueyo. Al final dirigí el alegre preludio de la zarzuela «La Gran Vía», de Federico Chueca; yo aún no había cumplido catorce años. Recuerdo ese momento con mucho cariño: los nervios de la primera vez y la complicidad de todos mis compañeros. Y hubo algo de profético, porque esa primera obra que dirigí era música española, y años más tarde uno de mis principales objetivos sería, y sigue siendo, reivindicar el patrimonio musical de nuestra tierra, tan rico y a menudo tan ignorado.

G.P.En 2019, con dieciocho años, montaste la Joven Orquesta Filarmónica Campos Andaluces. A esa edad la gente monta un grupo con los amigos, no una orquesta. ¿Cómo se hace eso?

P.G.Es que precisamente la orquesta fue, en primer lugar, un grupo de amigos. Todos teníamos la misma edad, estábamos a las puertas de los dieciocho y queríamos dedicarnos profesionalmente a la música. Ese verano había sido mi eclosión como compositor y director: en Francia dirigí a la Orquesta Internacional de Eurochestries, formada por unos doscientos músicos de diversos países, en una obra que yo mismo había compuesto para conmemorar el 30 aniversario del festival. Al volver a España, después de aquella experiencia, me convencí del todo de que mi camino era ser director de orquesta, y mis amigos, que habían sido testigos de aquel éxito en Francia, confiaron en mí. Así salió adelante esta iniciativa, que jamás habría imaginado que llegaría tan lejos tan solo siete años después. Pudimos empezar gracias a la colaboración del que era mi instituto, el Padre Luis Coloma, que fue nuestra primera sede de ensayos. Poco a poco, lo que era un grupo de amigos del conservatorio que se reunían para hacer música por gusto fue creciendo y convirtiéndose en un proyecto más sólido. La pandemia llegó justo en nuestros comienzos, y lejos de que el proyecto cayera en el olvido, con el desconfinamiento volvimos con más fuerza, porque llevábamos muchos meses con el «mono» de tocar en orquesta y aquello había que descargarlo como fuera. Así que hoy la JOFCA es un proyecto con dos vertientes: ser una oportunidad de aprendizaje y desarrollo para jóvenes músicos y, no menos importante, reivindicar, como dije, a los compositores de nuestra tierra. No en vano, el nombre de la orquesta, «Campos Andaluces», es un guiño a la obra originalmente titulada «Campos Jerezanos» del ilustre compositor jerezano Germán Álvarez Beigbeder, un poema sinfónico inspirado en el amanecer sobre las tierras albarizas y en la vida de los jornaleros de entonces. Así que hasta el nombre de la orquesta es una declaración de intenciones.

Naturalmente, no todo fue de color de rosa, y en los primeros años recibimos una feroz oposición por parte de quienes se habían sentido traicionados porque yo decidiera emprender mi propio camino. No me gustaría ahondar ahora en estos asuntos, que considero aguas pasadas. En aquel momento sufrí por ello, y ahora estoy muy en paz. Además, estoy satisfecho, porque creo que en estos años la evolución del proyecto ha sido muy positiva, tanto en calidad musical como en número de componentes, en organización y en proyectos. La orquesta está sumando su grano de arena al panorama musical de mi tierra, como lo hacen las demás formaciones, cada una en su parcela y con sus objetivos. Creo que demostrarlo con hechos ha sido la mejor manera de acallar las voces que tan críticas fueron y que me dijeron que la orquesta iba a restar más que sumar, que no iba a llegar a ningún lado, que era un capricho mío sin fundamento que duraría un par de días. Yo, reitero, estoy en paz con mi vida musical, y lo único que lamento es que aquello pudo haber sido de otra manera, con entendimiento entre ambas partes y, por qué no, colaboración. Además, tengo la suerte de que no le debo nada a nadie en ese sentido. Desde que tengo la orquesta, mis errores son exclusivamente míos, y mis éxitos también. Cuando me equivoco no mancho más nombre que el mío, y cuando acierto, es gracias a mi trabajo y al de todos los que confían en mí, que ya son muchos. Como siempre digo, la batuta no suena sola. Si suena, es porque hay muchos músicos jóvenes apoyando el proyecto, y sus familias. Esa sintonía es la que nos ha llevado a tocar en la Sala Dorada de Viena o en la Plaza de la Señoría de Florencia.

G.P.Setenta chavales de entre trece y veintitrés años, y encima de gira: Moscú, Francia, Viena, este verano la Toscana. Dejando la música a un lado, ¿cómo se lleva a setenta adolescentes a Italia y se vuelve con todos?

«¿Para qué íbamos a tocar Mozart, Beethoven o Strauss, si allí es casi el aire que respiran?»Pedro Gálvez

P.G.Porque además de director de orquesta, también tengo que ejercer un poco de profesor y un poco de padre. Por supuesto, siempre contamos con un pequeño equipo de padres que vienen a los viajes y ayudan en todo lo que haga falta y que, por qué no decirlo, al final disfrutan tanto como sus hijos. A eso se suma que todos los chicos y chicas de la orquesta son maravillosos, por muy adolescentes que sean. A la orquesta no se viene solo a ser músico: también aprendemos, todos, a ser personas. Y claro, el trabajo en equipo es fundamental. Tenemos que ir todos a una para que las cosas funcionen, y no solo al tocar una obra, sino siempre. Algo que me fascina de nuestros viajes es contemplar esa gran marea de camisetas negras desfilando por los aeropuertos, las estaciones de autobús o donde toque. Como siempre voy de mamá pato, al frente del grupo, cuando subimos por las escaleras mecánicas me gusta girarme a mirar la escena. Veo a decenas y decenas de músicos con la equipación oficial de la orquesta, su instrumento y sus maletas siguiéndome, y me maravillo de verdad. De esas anécdotas que quedan en el corazón pero no se ven en las fotos, me quedo con Viena, donde teníamos que movernos en metro. Yo tenía que estudiarme el plano, con sus impronunciables paradas, para saber dónde subir y bajar, y todos tenían que estar pendientes de que yo gritara «¡JOFCA arriba!» o «¡JOFCA abajo!». Parece una tontería, pero esto ya no tiene nada que ver con ser director de orquesta: la JOFCA me ha obligado a saber ser líder de grupos humanos y, por qué no decirlo, organizador de viajes. Que esa es otra: si fuéramos un club de petanca lo tendríamos más sencillo para viajar, pero para subir instrumentos a un avión hay que hacer casi un máster. Llevarlos en la bodega puede ser letal para ellos, y cualquier error o malentendido puede hacer que un músico no pueda embarcar, o que lo dejen subir a él pero no a su instrumento. No todas las aerolíneas son comprensivas con esto, y cada vez que piso un aeropuerto con la orquesta siento sudores fríos. Pero siempre sale bien, fruto de un trabajo minucioso de meses.

G.P.¿Y el dinero? Una orquesta de setenta personas viajando no se paga sola. ¿De dónde sale?

P.G.El dinero sale de la propia orquesta. Siempre tenemos un pequeño colchón, que viene de lo que recaudamos en los conciertos que damos durante el año y de muy puntuales subvenciones del Ayuntamiento. Además, los festivales que nos invitan y nos acogen suelen facilitarnos en buena medida cosas como la estancia o la organización de los conciertos. Pero en general el dinero sale de los músicos, y más en concreto de sus familias, que al fin y al cabo lo valoran como lo que es: una apuesta por la formación musical y por todas las vivencias humanas, impagables, de esos días.

G.P.En 2023 ganasteis el primer premio del World Orchestra Festival, con un jurado en el que había músicos de la Filarmónica de Viena, y habéis tocado en la Sala Dorada del Musikverein. ¿Qué te pasó por la cabeza ahí arriba?

P.G.Si te dijera que al recordarlo tengo la misma sensación que cuando uno intenta recordar algo vivido en sueños, no te miento. Cuando estuve allí era del todo consciente del sitio donde estaba, pero aun así estaba como anestesiado. La avalancha de emociones fue tal que no me atravesó hasta que volví a casa. En cualquier caso, uno se hace verdaderamente pequeño al pisar esas tablas y saber cuántos grandes músicos, directores y compositores han hecho música allí. No hacía más que pensar: si los tablones, las sillas, las lámparas y las paredes pudieran hablar... ¿qué maravillas nos contarían?

G.P.Habéis puesto música cofrade nuestra delante de un público que no ha visto una cofradía en su vida. ¿Cómo reaccionaron?

P.G.Sí, interpretamos «Soleá, dame la mano», de Manuel Font de Anta, en una orquestación que escribí ampliamente basada en las maravillosas e insuperables adaptaciones sinfónicas que Antón García Abril hizo para la célebre película de Gutiérrez Aragón y Juan Lebrón, donde supo sacarle todo el jugo a la música y darle un sentido tal que parecía que aquellas marchas habían nacido para una orquesta sinfónica. El caso es que la orquesta fue a Viena precisamente a reivindicar música de autores españoles. ¿Para qué íbamos a tocar Mozart, Beethoven o Strauss, si allí es casi el aire que respiran? ¿A quién íbamos a impresionar con esa música, que ellos tocan cada día y seguro que mil veces mejor? No: teníamos que ir con nuestra propia música, con nuestra propia identidad, y hacerles descubrir las maravillas que guardamos y que a menudo ni siquiera nosotros conocemos. Así que en Viena tocamos música de Falla, Turina, García Abril, Beigbeder, Hurtado, Giménez y Font de Anta. Concursamos con ese repertorio y nos llevamos el oro a casa. Y respondiendo a tu pregunta: uno de los miembros del tribunal, nada menos que violinista de la Filarmónica de Viena y director de otras formaciones internacionales de alto nivel, me preguntó por aquella obra, «Soleá, dame la mano». De dónde había salido esa música, quién era su compositor y en qué auditorios de España podía ir a escuchar obras como esa. Yo le respondí: «Si te dijera que esta música la tocan las bandas de los pueblos más pequeños, y muy lejos de los auditorios: en cualquier esquina, en cualquier calle, durante la Semana Santa». Se quedó asombrado, porque no se imaginaba que aquella música estuviera vinculada al terreno popular. Con aquella reacción sospeché que la música cofrade había hecho una pequeña conquista: el corazón de aquel hombre. No sé si habrá vuelto a interesarse por las marchas de procesión, pero al menos supe que la música le fascinó, y no solo a él, sino a los cientos de personas que nos aplaudieron en aquella sala y en otros escenarios de Viena. Aquel aplauso era una genuina oda a la música, porque no creo que casi ninguno haya visto nunca un palio con la candelería encendida por una calle estrecha y oscura, ni que aplaudieran porque les recordara algún Viernes Santo de su infancia. Aplaudieron porque la música les encendió las emociones y los llevó a un sitio que no conocían. Y no creo que sea fácil hacerlo en el mismísimo templo de la música, en el corazón de la música europea.

G.P.¿Ha habido algún momento en estos siete años en que te hayas planteado dejarlo?

P.G.Sí. Todo el tiempo, además. (Ríe). Es un oficio con mucho desgaste: cada concierto requiere meses de planificación y gestión, y para cada viaje ni te cuento. Uno empieza a dejar atrás la juventud y a instalarse, aunque no quiera, en la vida adulta, donde la vida tiene otro tempo. La ilusión y la energía, naturalmente, no son las mismas que cuando empecé con diecisiete años. Ahora, con la carrera terminada y siendo profesor interino de orquesta y banda, las perspectivas son algo distintas, y por mucho que me guste la orquesta, la vida te impone sus propias prioridades, que consumen tiempo y energía. Por suerte, cuento con una junta de chicos que llevan varios años en la orquesta, y gracias a ellos puedo repartir parte del trabajo que desde el principio he hecho yo solo casi todo el tiempo. También es cierto que cuando termina un encuentro de la orquesta y su concierto, queda esa resaca emocional y ese regusto positivo que me hace sentir que el esfuerzo y el tiempo tienen sentido. Por eso siempre me queda fuelle. Cada concierto hace que ya quiera pensar en el siguiente. Si no mereciera la pena, lo habría dejado hace mucho tiempo.

Hubo un momento especialmente delicado en 2022. La orquesta había hecho su primer viaje, al festival Eurochestries, en Francia. Justo al terminar, por una serie de circunstancias, la junta que había formado pocos meses antes se disgregó por diferencias internas y malentendidos que en realidad nunca fueron tan graves. Por otro lado, ni el Ayuntamiento de entonces ni otras instituciones estaban muy por la labor de brindarnos el más mínimo apoyo, y encima otras formaciones seguían hostigándonos con intensidad, de modo que muchos músicos, por evitar problemas, se fueron de la orquesta. Ahí concluí que lo mejor era que el bonito trayecto de la JOFCA terminara y todo quedara en un bonito recuerdo. En el último momento apareció la maravillosa Rosario Montoya, «La Reina Gitana», una pianista excepcional, la primera mujer gitana de España con el título superior de música. Era una gran seguidora de la orquesta y habíamos colaborado juntos. Me convenció para darle una oportunidad más y nos ofreció tocar con ella tanto en la Pisa de la Uva como en un concierto de plegarias cofrades con las voces más destacadas del flamenco jerezano: la Macanita, Felipa del Moreno, los hermanos Pedro y Manuel de la Fragua, Manuel Monje, Coral de los Reyes... Con eso la orquesta remontó después de haber anunciado su disolución. Siempre me digo: ¡cuánto nos habríamos perdido si la JOFCA se hubiera quedado ahí! En aquel momento lo vi todo negro y no creí que se pudiera remontar, y años después estaríamos en Viena y en Italia, mejor que nunca. Siempre hay que perseverar: todo puede superarse con paciencia y buen hacer. Y como dice el dicho popular, «lo mejor siempre está por venir».

La segunda parte de esta entrevista, en la que Pedro Gálvez habla de sus marchas, de Beigbeder, de Jerez y de la SGAE, se publica próximamente.

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